El general Sterwood recibe a Marlowe en su invernadero, en un lugar repleto de lujuriosas y bellisimas plantas que morirían sin remedio si les faltara el clima artificial que se ha creado para ellas. Y otro tanto ocurriría con el propio general que, además del invernadero que protege su vida y la de sus plantas, parece necesitar urgentemente una protección especial que aísle todo su mundo de la realidad exterior. Porque tanto sus maravillosas hijas como las amistades de que se rodean no podrían ser los ejemplos más adecuados para la liga de la moralidad y las buenas costumbres.
Pero Marlowe no es precisamente el hombre indicado para tapar estercoleros. Su ética le exige meterse en todos los líos del mundo para ayudar a un amigo, aunque lo que haga no sea demasiado legal, y también le exige tirar de la manta hasta el final cuando tratan de utilizarle. Y Marlowe logra poner al descubierto la corrupción que existe bajo tanta respetable apariencia, lo que por supuesto no alterará las causas de la corrupción ni impedirá que siga extendiéndose.
Para escribir El Sueño Eterno, la primera de sus novelas largas Raymond Chandler se inspiró o canibalizó, como el mismo decía, en dos de sus relatos cortos anteriores: Killer in the Rain (Asesino en la lluvia, 1935) y The Curtain (El telón, 1936). Además empleó pequeños fragmentos de Finger Man (El denunciante, 1934) y Mandarin´s Jade (El jade del mandarín, 1937). |